El estado de ánimo depresivo es una de las consecuencias psicológicas más comunes en pacientes diagnosticados de cáncer.

Existen muchos estudios sobre esto, algunos de ellos como el de Avis y Levine, que mantienen que la depresión aumenta después del diagnóstico pero tiende a disminuir durante el tratamiento y la recuperación. Otros estudios mantienen que esta es una alteración resistente al paso del tiempo y aparece como un miedo o preocupación excesiva que se mantiene incluso después de haber terminado el tratamiento e incluso una vez que se ha dado el alta médica.

Indudablemente la depresión está determinada por diferentes factores de los pacientes, como por ejemplo la edad, el nivel socioeconómico, tener o no pareja, tener o no hijos, el apoyo social, familiar, seguir teniendo o no síntomas o malestar físico y por supuesto el pronóstico de la enfermedad.

Los síntomas que aparecen con mayor frecuencia son fatiga, disfunción sexual, insomnio, estado de ánimo bajo, lloros recurrentes, resistencia a las relaciones personales. Por lo que tiene un gran impacto en la calidad de vida del paciente y en ocasiones  se relaciona con aspectos de la supervivencia, pues pueden aparecer  ideas suicidas por miedo a la recurrencia del cáncer y mortalidad elevada.

Es muy importante destacar que en aquellos pacientes tratados de cáncer o que acaban de terminar el tratamiento, la depresión determina el tiempo que tardan en incorporarse al medio laboral, así como retomar otro tipo de actividades que hasta ese momento habían sido gratificantes y que podrían ayudar a la recuperación total de la percepción de enfermedad y como consecuencia a la superación  de la depresión y de las secuelas que a nivel emocional provoca esta enfermedad.

Por esto es tan importante ponerse en manos de un especialista que ayude a superar la depresión y así facilitar la superación, en ocasiones, del impacto del diagnóstico, la dureza de los tratamientos y las secuelas propias como el  miedo y la baja autoestima  que provoca esta enfermedad.