Había una vez una persona feliz en un entorno feliz donde cada uno podía hacer lo que quisiera para ser feliz… pero este  cuento se acabó cuando otra persona se quejó diciendo que lo que a él le hacía feliz era que esa persona dejara de hacer lo que le hacía feliz…

Sin lugar a dudas vivimos en un mundo complejo donde felizmente la mayoría de las personas poseen la libertad para hacer multitud de cosas que le aportan experiencias positivas y las enriquece en su desarrollo evolutivo, hasta el punto de que a veces se olvidan de que justo a su  lado existen otras personas que quizá no comparten con ellas sus mismos gustos, objetivos o proyectos para conseguir la felicidad.

Habría que preguntarse entonces si todas estas personas disponen de la capacidad de empatía necesaria para ponerse en lugar del otro y plantearse hasta qué punto su actuación invade su felicidad.

Cuántos conflictos pueden aparecer diariamente en la interacción de un grupo de personas por motivos diversos, pues no olvidemos que cada persona esta predispuesta a preservar su integridad física y moral. No estamos cuestionando el necesario cumplimiento de las normas necesarias establecidas. Los responsables de legislar saben de esta necesidad y desde antaño las normas son entendidas como necesarias  para  una convivencia global feliz.

Pero ¿qué ocurre con las pequeñas normas de convivencia, aquellas que se dan por entendidas apelando a la empatía y al buen hacer de las personas?, ¿todas las personas poseen la capacidad suficiente de llevarlas a cabo con la suficiente eficacia para no causar infelicidad a las personas de su alrededor? Así, nos encontramos personas que no pueden acudir a la piscina comunitaria de su edificio donde residen por  un uso abusivo de otros vecinos que invitan indiscriminadamente a un número elevado de amigos, otras que se sienten obligadas a soportar los ladridos inevitables de un animal que está mal atendido o abandonado en casa sin que sus dueños se hagan cargo, en verano en la playa las personas que sin respetar que quien está  tranquilamente observando el horizonte bajo su sombrilla y aun habiendo llegado el último se sitúa delante restando visión a quién llegó antes.

¿Lo están haciendo mal? Si son empáticos y capaces de ponerse en el lugar de los demás, posiblemente caerían en la cuenta de no hacerlo, básicamente siguiendo la bonita  premisa que afirma “nunca actúes con los demás en la forma que no quisieras que actuaran contigo”, claro, otra cosa distinta sería que la actuación fuera realizada de forma deliberada.

Propongo que practiquemos este importante concepto denominado  “empatía” para que seamos capaces  de aprender a ponernos siempre en el lugar de los demás antes de realizar cualquier  actuación propia que le pudiera afectar.