En primer lugar es necesario  aclarar qué se entiende por agresividad. Se define como el hecho de provocar daño a una persona u objeto con conductas intencionadas que puedan causar daño físico y psicológico,  por lo que nos referimos a pegar, burlarse, rabietas o emitir  palabras inadecuadas que pueden ofender a los demás.

Este tipo de conductas son mucho más frecuentes los primeros años de edad y suelen disminuir una vez iniciada la etapa escolar, o sea, alrededor de los cuatro años.

Podemos distinguir entre:

  • Agresión instrumental, ocurre cuando el niño que emite esta conducta disruptiva intenta y en ocasiones consigue algo, que puede ser aprobación social, objetos materiales, aumento de autoestima. No tiene por qué existir enfado, se inicia por deseo de ganar algo o de conseguir objetivos.
  • Agresión emocional, tiene como objetivo único el daño a alguien o a algo, suele iniciarse por un enfado al que sigue la agresión.

Por lo tanto, la primera estaría motivada por un incentivo y la segunda por enojo.

Con respecto a las diferencia entre sexos, en lo referente al comportamiento agresivo son numerosas las investigaciones que indican que los chicos son más agresivos que las chicas en todos los períodos de la vida (Maccoh y Lackin) pero  con matices, los chicos utilizan más agresión física y las chicas suelen mostrar más agresión de forma verbal.

Estos resultados hay que interpretarlos con cautela pues hay estudios donde no se observan resultados tan marcados (Moore y Mukoi). En estos estudios no aparecen diferencias tan marcadas, probablemente debido a los cambios culturales.

 Ante las conductas agresivas de los hijos,  lo más adecuado es actuar evitando que consigan las consecuencias positivas para las que utilizan la agresividad. Por ejemplo si nuestro hijo le da una patada a su hermano para conseguir un juguete, en ningún momento deberemos indicar al hermano que se lo entregue,  porque entonces aprenderá que de esa forma podrá conseguir cosas que negociando no conseguiría o le costaría más trabajo. Otra forma de mantener esta conducta agresiva y que además quede reforzada es mediante la atención prestada  a la conducta inadecuada frente a la conducta adecuada, con esto estamos provocando que el comportamiento se repita.

No sirve de nada intentar razonar con el niño mientras está enfadado o se encuentra en medio de una rabieta, para ello, siempre que la conducta está emitiéndose y esta no sea peligrosa, lo mejor es ignorar, alejarse y evitar una discusión, una vez  que se tranquilice se le trasmitirá lo inaceptable de su comportamiento, pero debe quedar claro que si existe riesgo de perjuicio hacia algo o alguien no se podrá dejar de prestar atención. En ese caso se deberá detener esta conducta mediante técnicas que no impliquen fuerza física y trasmitir al niño que esa conducta no es tolerada. En estos casos se deben utilizar algunas de estas técnicas:

  • Sobrecorrección: ayudar a motivar para que el niño se disculpe y restituya el daño causado.
  • Tiempo fuera: si no deja de comportase de forma inadecuada una vez se le avisa, debe irse a su habitación durante un período de dos a cuatro minutos, según la edad del niño. El niño reanudará su actividad una vez que haya dejado de llorar y de mostrar ira, a partir de aquí se contaran unos minutos que no excederán de cinco o diez.
  • Coste de respuesta: Se retira algo que conseguiría cuando emite una conducta

Estas técnicas antes mencionadas junto a entrenamiento en habilidades sociales así como técnicas de relajación entre otras, extinguen la respuesta agresiva y aporta recursos suficientes para que el niño cambie su comportamiento.

La información facilitada por este medio no puede, en modo alguno, sustituir a un servicio de atención psicológica o médica  directa, así como tampoco debe utilizarse con el fin de establecer un diagnóstico, o elegir un tratamiento en casos particulares.