Los niños experimentan miedo a lo largo de las diferentes etapas de su vida, pero en algunos casos son pasajeros y de poca intensidad. Solo una pequeña proporción de estos miedos se cronifican, persistiendo hasta la edad adulta e incrementando su intensidad.

El  miedo es una emoción normal, una señal de alarma que nos indica cuando una situación compromete nuestra  integridad o pone en riesgo el  bienestar de una persona. Por esto el miedo es útil, porque evita que corramos riesgos innecesarios.

No es muy difícil encontrar adultos que no habiendo conseguido que sus hijos atiendan sus orientaciones, utilizan el miedo como método de control de algún comportamiento. Por ejemplo diciendo “no corras que te muerde el perro” o “no entres ahí que viene la bruja”. Esta actuación es utilizada porque ante ella el niño cesa su conducta no deseable de forma inmediata, pero en cambio fomenta un miedo que más tarde tendrá que ser superado, pues a veces llega a ocasionar problemas importantes.

Diferencia entre miedo y fobia:

  • Cuando el objeto temido es inofensivo y no representa ninguna amenaza.
  • Cuando la situación u objeto puede representar cierta amenaza pero la reacción es totalmente desproporcionada.
  • Cuando la intensidad es tan clara que interfiere notablemente en la vida cotidiana de una persona atendiendo al desarrollo personal, social y familiar.

Por lo tanto la gran diferencia entre los dos términos radica en que el comportamiento sea apropiado y proporcional a la situación.

En la infancia esta diferenciación se hace más compleja, pues muchos de los temores infantiles desaparecen por si solos sin que sean tratados clínicamente, solo con el paso del tiempo. Únicamente son consideradas fobias aquellas reacciones que perduran más de seis meses en el menor, pero también hay que tener en cuenta la edad del niño.

Se recomienda atención psicológica en el momento que observemos que el miedo provoca un sufrimiento importante para el niño y que está afectando al desarrollo infantil normal, haciendo aparecer manifestaciones de no querer ir al colegio, no querer relacionarse, etc.

En estos casos, a veces y a criterio de su entorno, se hace necesaria la intervención psicológica aunque no hayan transcurrido los seis meses desde la aparición de dicho comportamiento.